sábado, 10 de septiembre de 2011

NUEVA YORK 1925. MANHATTAN TRANSFER, JOHN DOS PASSOS. PRÓLOGO DE JOSÉ ROBLES

John Dos Passos, de origen portugués; seis pies de talla, desgarbado, miope, hizo sus estudios en la Universidad de Harvard. A poco de graduarse fue por primera vez a España. Luego, cuando los Estados Unidos entraron en la guerra, sirvió en el frente hasta que se firmó el armisticio. Desde entonces no ha parado seis meses en el mismo sitio. Tan pronto está en México como en Teherán o en Constantinopla. De cuando en cuando reaparece en Nueva York, que puede llamarse, aunque algo impropiamente, su residencia fija. Barzonea algún tiempo por Greenwich Village, y un día cualquiera, sin que nadie se entere, toma de nuevo el portante.

Sin embargo, Dos Passos no es de esos americanos que, como él mismo dice, viajan por pasear sus baúles. Su insaciable curiosidad no se contenta con ver. Necesita vivir la vida que le rodea, amoldarse a las costumbres, aprender la lengua del país que visita. Es, en una palabra, todo lo contrario de un turista.

Radical hasta la médula de los huesos, tomó parte activa en la tragedia Sacco-Vanzetti, colabora en las revistas avanzadas, simpatiza con el bolchevismo. Como escritor se limita a transcribir lo que ve, lo que siente, lo que oye y lo que huele, sin tratar de hacer a la fuerza una obra trascendental. No se nota en él ese ingenuo prurito de escribir libros profundos y definitivos, tan común entre los literatos norteamericanos que, por temor a parecer superficiales, pontifican a menudo en tono pedantesco y solemne. Es admirable la modestia de este novelista. Siempre ausente de su obra, deja a sus personajes en absoluta libertad y no se interpone nunca en su camino.

Three Soldiers, 1921, le hizo célebre en los Estados Unidos. Un año antes había publicado en Inglaterra One man´s initiation, su primer protesta contra los traficantes de carne humana; pero esta novela pasó injustamente desapercibida. Tres soldados por el contrario, tuvo un gran éxito. Los radicales aludieron, los patrioteros se escandalizaron: todo el mundo discutió; la censura intervino. Tratábase, en efecto, de una pintura muy poco aduladora de aquella cosa tan extraña que de 1917 a 1919 se llamó el ejército americano. Los tres soldados, Fuselli, Chrifield y Andrews, salen de la esclavitud militar, física y moralmente destrozados. El primero cae enfermo y pierde el respeto a sí mismo; Chrisfield sufre la persecución de la justicia; Andrews deserta y se expone a veinte años de presidio para poder “conservar la integridad de su pensamiento". En segundo término aparece una multitud de oficiales, enfermeras, aristócratas, empleados, campesinos, cuyas relaciones perfectamente normales contrastan con la rebeldía del triple protagonista.

Estas dos novelas de la guerra fueron en parte redactadas en España, donde el autor pasó una larga temporada después de librarse del uniforme. La España de Dos Passos no es la España convencional que suelen ver los extranjeros. Sus ensayos sobre nuestras costumbres, nuestra psicología, nuestra literatura, nuestras ciudades, publicados en revistas neoyorquinas y reunidos después en el volumen Rocinante to the road again, 1922, así como los croquis madrileños incluidos en el libro de poesías A pushcart at the curb, publicado en la misma fecha, rebelan una perspicacia y una agudeza de observación que ya quisieran para sí muchos de nuestros ensayistas y poetas. La ficha

John Dos Pasos (1896-1970), escritor estadounidense representativo de la llamada generación "perdida", o "maldita", cuyas novelas, amargas y profundamente impresionistas atacan la hipocresía y el materialismo de los Estados Unidos entre las dos guerras mundiales y tuvieron una honda influencia en varias generaciones de novelistas europeos y estadounidenses. John Roderigo Dos Passos nació en Chicago (Estados Unidos), el 14 de enero de 1896. Dos Passos provenía de una familia de origen portugués, hijo de un abogado llamado John Randalph Dos Passos, y de Lucy Addison Sprigg, quienes no se casarían hasta 1910, catorce años después del nacimiento de John Roderigo.

Dos Passos viajó con sus padres poco después de su nacimiento por diferentes países, entre ellos México, Bélgica e Inglaterra. Retornó a su país natal y estudió entre 1912 y 1916 en la Universidad de Harvard. Después de concluir su periplo universitario, se marchó a España para estudiar la arquitectura hispanomusulmana. Esta experiencia le sirvió para escribir el libro "Rocinante vuelve al camino" (1922). En Europa participó en la Primera Guerra Mundial como conductor de ambulancias en Francia e Italia. La guerra dejó huella en su personalidad y en su obra, iniciada con la novela "Iniciación de un hombre" (1919).

El éxito le llegó con su segundo libro, "Tres soldados" (1921), corroborado posteriormente con uno de sus títulos clave, "Manhattan Transfer" (1925). En 1929 John se casó con Kate Smith, quien falleció en 1947 en un accidente de tránsito. En 1949 contrajo matrimonio con Elizabeth Holridge, con la que tuvo una hija llamada Lucy.
Dos Passos fue miembro de la denominada Generación Perdida, en donde también se incluyen autores como Ernest Hemingway o Francis Scott Fitzgerald. Su estilo se encuadra en el realismo de la Escuela de Chicago, en el cual se desmitifica el sueño americano desde una gradación expresionista y una tonalidad desilusionada y pesimista.

Además de los títulos citados, sus novelas más significativas son "El paralelo 42" (1930), "1919" (1932) y "El gran dinero" (1936), tríada de novelas que componen la llamada "Trilogía USA". Tampoco son desdeñables "Hombre joven a la aventura" (1939), "El número uno" (1943) y "El gran proyecto" (1949), títulos estos últimos que integran tambíén otra trilogía, la denominada "Distrito de Columbia".
Murió a causa de un fallo cardiaco en Baltimore el 28 de septiembre de 1970. Tenía 74 años.
En 1923, con Streets of Night, Dos Passos vuelve a la novela. Ha abandonado el tema belicoso. Le atrae ahora la tragedia de la juventud intelectual americana, juventud presa de un malestar sordo, de una vaga neurastenia que conduce a veces al suicidio. Tal es el caso de Wenny, uno de los protagonistas que se pega un tiro para acabar con la angustia que le atormenta. La censura prohibió Calles de noche en diversos estados de la Unión. No porque el estilo sea demasiado crudo para las sensibilidades puritanas -reproche que actualmente se hace a Dos Passos-, sino porque Wenny, hijo de un pastor protestante, no ve en su padre más que un ser mezquino y un tanto ridículo con su cuello abrochado por detrás. Se comprende que la rigidez de tal hombre no es ajena al suicidio de su hijo; y la gente mojigata clamó contra semejante falta de respeto a la sagrada institución de la familia.

Así como La iniciación de un hombre es un boceto de Tres soldados, en Calles de noche está el germen de Manhattan Transfer donde Dos Passos aborda el problema técnico de pintar una ciudad enorme y lo resuelve por un procedimiento dramático. Su novela es una sucesión de escenas. La masa en bloque no aparece nunca, pero los personajes se suman, se multiplican, hasta formar una multitud abigarrada de rentistas, negociantes, cómicos, obreros, millonarios, prostitutas, militares. Unos nacen, otros mueren, otros se casan, otros terminan en la cárcel, otros se eclipsan durante años para reaparecer con el cabello gris enriquecidos o arruinados. La habilidad con que el autor pone en contacto a todos estos personajes tan heterogéneos es asombrosa.

Sería necesario cruzar cien veces la ciudad de punta a punta, meterse en todos sus rincones, viajar en todos sus trenes, para sacar la misma impresión de vértigo que causa la lectura de esta serie de cuadros impresionistas, hilvanados con un hilo apenas perceptible que el autor rompe cuando lo tiene por conveniente. Como en la pantalla del cine, la acción, que abarca veintitantos años, cambia bruscamente de lugar. Los personajes, más de ciento, andan de aquí para allá, subiendo y bajando en los ascensores, yendo y viniendo en el Metro, saliendo y entrando en los hoteles, en los vapores, en las tiendas, en los music-hall, en las peluquerías, en los teatros, en los rascacielos, en los teléfonos, en los Bancos. Y todas estas personas y personillas que bullen por las páginas de la novela como por las aceras de la gran metrópoli, aparecen sin la convencional presentación y se despiden del lector “a la francesa”. Cada uno tiene su personalidad bien marcada, pero todos se asemejan en la falta de escrúpulos. Son gentes materialistas dominadas por el sexo y por el estómago, cuyo fin único parece ser la prosperidad económica. A unos los sorprendemos emborrachándose discretamente, a otros, cohabitando detrás de las cortinas; a otros estafando al prójimo sin salirse de la ley.. Los abogados viven de chanchullos, los banqueros seducen a sus secretarias, los policías se dejan sobornar y los médicos hacen abortar a las actrices. Los más decentes son los que atracan las tiendas con pistolas de pega. Entre toda esta gentuza destaca Jimmy Herí, tipo de burgués idealista repetido en otras obras de Dos Passos. Pero el verdadero protagonista no es Jimmy, sino Manhattan mismo, con sus viejas iglesias empotradas entre geométricos rascacielos, con sus cabarets resplandecientes, con su puerto brumoso y humeante y con su puerto brumoso y humeante, y con sus carteles luminosos, que parpadean de noche en las avenidas donde la gente se atropella ensordecida por el trepidar de los trenes elevados. Dos Passos no ha tenido miedo de pintarlo tal como es, cruel, obsceno, ruidoso y magnífico, en una de las mejores novelas que ha producido la nueva literatura norteamericana.

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